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La imagen del autor como representación del deseo.

La imagen del autor como representación del deseo.

La imagen del autor como representación del deseo.

Desde los ochenta a la actualidad, se puede ver en diferentes obras a la ficción como un espacio de representación literaria en dónde existe una especie de reflexión meta literaria y se explora el concepto del autor. En la ficción de autor, el autor aparece como personaje a modo de reflexión. Existen tres tipos diferentes de relación que los autores tienen en este tipo de ficciones. La primera es la creación, las segunda la imagen que tienen de sí mismos y por último la historia literaria.

Entendiendo lo anterior, se podría entonces tomar al autor y como objeto de estudio buscar la manera de descifrarlo en sus obras. Esta hipótesis como bien explica el profesor Enrique Schmukler: “sería estar destinado a fracasar”. La razón es sencilla, al aparecer el autor en las obras se convierte en figuraEl autor es siempre otro, inclusive cuando está hablando de sí mismo. El autor es una especie de alteridad, en la cual se genera un personaje destacando o remarcando las cualidades que desea, pero dejando entrever otras que están latentes. “La elección de un objeto indiferente por parte del autor con intervención se transforma en arte” (Schmukler, 2016). Es como si el autor fuera por fuera quién realmente es, pero en la narrativa podría ser quién quisiera a modo de ready-made de una figura.

En el ready-made, expresión artística característica del Dadaísmo, se trata de transformar objetos cotidianos en arte sin modificar su aspecto externo. Se logra resignificándolo para generar una sensación de sorpresa y hasta absurdo, con el fin de modificar el concepto del arte tradicional generando intervenciones. Básicamente por más de que el autor aparezca en su obra, lo que está haciendo es una representación de sí mismo, pero de ningún modo es una mimesis perfecta ni una reconstrucción de sentido sino más bien un recorte intencional. Cuando se trata de figuras de autor lo que se imponen son figuras de simulación.

Aira hace una relación entre los ready-made y la fábulas, explicando que son experimentos cortos que quieren mostrar algo en particular. Para ejemplificarlo habla de la obra de Kafka, dónde utilizaba la fábula para expresar algo que quería demostrar. Por lo general en los cuentos de Kafka siempre hay dos cuentos, uno dentro de otro, a tal punto que pueden ser obras separado el tema central del marco. “La moraleja de las fábulas, si son fábulas cables, es redundante: repite lo que ya se dijo y ofrece sólo la modesta gratificación del reconocimiento” (Aira, 1998:168). Kafka como autor, en sus fábulas, claramente está presente, no solo con las representaciones sino en su manera de decir algo y bajar su mirada mediante las moralejas.

Resulta muy interesante desde otra perspectiva el concepto de innovación de un autor de Cesar Aira, que explica que se genera cuando el autor rechaza a sus maestros que más ama. No a los que son fáciles de rechazar o que realmente no lo han marcado.

El concepto es muy claro dado que cada autor trae de sus referentes diferentes recortes que luego proyecta en su obra. Entonces se pude decir que el autor no sólo representa en su obra quién es, sino que también de donde viene y cuáles son sus raíces. “Lo nuevo es lo real. O mejor dicho, lo nuevo es la forma que adopta lo real para el artista vivo, mientras vive. Igual que lo nuevo lo real es lo imposible, lo previo, lo inevitable, y a la vez: lo inalcanzable” (Aira 1995 30). Esto llevaría a pensar que para que exista algo nuevo y se dé una innovación en un autor, debe despojarse de todas sus ideas adquiridas de otros.

¿La pregunta entonces sería no es en ese momento donde el autor desaparece?  Porque si deja de lado todo lo que es y de donde viene, ¿qué es lo que queda plasmado en la obra? Por más de que sea pura ficción para definir lo que expresa está usando su capacidad de ideación y eso no es más ni menos que su propia personaEl autor entonces vive en la obra, pero se podría decir que en algunas se nota más que en otras o que algunos autores quieren que se note más que otros.

Expresado a lo anterior se podría pensar que los autores pueden usar sus obras como una guía para proyectar quienes quieren ser y luego serlo, como si su obra fuera una luego quienes son y definiera su vida. O cómo si en cada ficción probarán escenarios posibles para luego llevarlos a la vida real.

Barthes, sin embargo, se refiere a la muerte del autor. En uno de sus textos explica que la razón de la escritura es la destrucción de toda voz, y por ende de su origen. Se refiere a la escritura como un lugar donde va a parar el sujeto y se pierde toda identidad, incluso de quién escribe. Explica que cuando un hecho pasa a ser relatado, sin más función que el ejercicio de relato y no con la finalidad de lo real, se produce una ruptura. “…la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura” (Barthes, 1).

Suele pasar que se busca la explicación de la obra en quién la ha producido, como si fuera un reflejo del autor y él estaría entregando sus confidencias. El que un texto tenga un autor, tal como dice Barthes, es darle un seguro y proveerlo de un significado último. Generando entonces que la crítica trate de descifrar al autor para entender su obra.

Un claro ejemplo puede ser con la obra de Mario Bellatin, al leer cuentos como: “Bola negra”. Es inevitable pensar que si cundo habla de Endo Hiroshi, está hablando de una especie de representación de él mismo, como si fuera su propia proyección en la que desea comer comida no sana y conoce sus consecuencias. También, cuando habla de los padres solteros que se quieren casar y no pueden, si está realizando alguna metáfora de su propia vida personal y si el maestro pudiera ser una especie de guía para su salud alimentaria. Sin embargo, son todas especulaciones, deducciones sin fundamento.

La realidad es que cada lector termina dándole su propio sentido a una obra que eclipsa con lo tradicional, lo esperado y lo que debe ser. Es justamente ahí donde aparece el autor, y recorriendo varias obras de Bellatin se puede entender que esa es su huella, que esa la manera que tienen de abordar el mundo y de generar su ficción. Esa es su marca y con eso se destaca haciendo notar su presencia como autor. Como explica Barthes, los críticos pueden debatir como es Bellantin para poder terminar de dar sentido a sus historias, como si fuera lo que podría virar el significado radicalmente.

Desde otro enfoque se podría decir que, si bien hay tantos lectores como escritores, hay algunos que buscarán comprender el porqué de las obras indagando profundamente en todo lo que pueda ayudarles a reconstruir el sentido. Buscando fuentes alternativas de información o realizando análisis exhaustivos sin lograr una precisión exacta, porque la realidad es que nadie puede estar dentro de la cabeza de un autor y sólo se puede conocer lo que el autor quiera o dé a conocer.

En contraposición a ese arquetipo de lector están los que no quieren ir más allá que el acto de la lectura. Algunos podrían decir que son lectores descomprometidos o que lo que reconstruyen son realidades disfuncionales de lo que leen, los más acertado es que disfrutan el acto y dejan volar su creatividad sin prejuicios o búsquedas de respuestas.

En un análisis más profundo Barthes cree que lo importante en un texto no es el autor, sino el lector y dice: “…la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino, pero este destino ya no puede seguir siendo personal: el lector es un hombre sin historia, sin biografía: él es tan sólo ese alguien que mantiene reunidas en un mismo campo todas las huellas que constituyen lo escrito” (Barthes, 2). Básicamente para que exista el lector el autor debe morir, porque él le da su significado.

Entonces si el lector le da significado a la obra, la pregunta sería ¿para que existe el autor? ¿Es solamente un facilitador de palabras unidas o entrelazadas, que luego el lector debe interpretar en base a sus experiencias, conocimientos, gustos y preferencias?

Es tal vez hasta poético pensar que los autores y sus obras, son combustibles para la imaginación dejando librado a los otros la interpretación y el hasta donde llegar. Pero es indudable que con este planteo se genera una pregunta más compleja aún. ¿El lector al leer una obra, que fue generada por un autor, se convierte en sí mismo en un nuevo autor por darle su propio significado? En el momento que un lector interpreta se podría decir que está siendo autor de su propia historia, por volcar todas sus experiencias, conocimientos, gustos y preferencias.

Ahora bien, si se piensa entonces que el lector en cada interpretación se convierte en autor, también podríamos pensar que se convierte en protagonista. Como si ante cada obra de ficción el lector tomara partido por un personaje para seguirlo durante el desarrollo del relato en sus pies, o con un plano occipital cruzado con sus propias lógicas.

Se puede entonces pensar que un autor puede utilizar su obra para ser quien desea ser o para expresar su propia mirada de cómo es el mundo, pero entendiendo la línea de pensamiento de Barthes: “…el nacimiento del lector se paga con la muerte del autor”. (Barthes 5). Por más esfuerzo que el autor haga por generar una representación de sí mismo, será interpretado por quien aborde su obra como quiera.

En síntesis, es indefectible que ver que cada autor está presente en su obra pero en el momento en que el lector aparece ese autor puede transformase en una nueva concepción y sólo cuando se quiere buscar el porqué de lo que se intentó expresar se puede volver a la vida a ese autor parcialmente con los recortes que la propia realidad permite reconstruir o con las pistas que ha dejado para que eso sea posible.

Franko Pellegrini.

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Bibliografía:

  • Aira, César. “La innovación”.” Boletín del centro de estudios de teoría y crítica literaria 4 (1995): 22-29.
  • Aira, César. “La nueva escritura.” La jornada semanal 12 (1998): 165-170.
  • Aira, César. “Kafka, Duchamp.” Revue Tigre 10 (1999).
  • Barthes, Roland. “La muerte del autor.” El susurro del lenguaje (1987): 65-71.
  • Bellatin, Mario. “Bola negra.” Studi latinoamericani 2 (2006): 1000-1006.

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